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Climate Change

Peces sin olfato en los océanos acidificados

Los crecientes niveles de CO2 podrían impedir que los peces encuentren comida o detecten sus depredadores

by Katharine Sanderson, special to C&EN
July 25, 2018 | APPEARED IN VOLUME 96, ISSUE 31

 

Cambios muy pequeños en la acidez del océano pueden reducir drásticamente la capacidad olfativa de las lubinas, según un estudio reciente, y esto les complica mucho la vida – es más difícil oler la comida…y el peligro.

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Credit: Al Pidgen/Shutterstock
La lubina europea (Dicentrarchus labrax) pierde su sentido del olfato al exponerse a altos niveles de CO2

Los crecientes niveles de dióxido de carbono han acidificado los océanos—el CO2 ‘extra’, disuelto en el agua, crea ácido carbónico. Un equipo liderado por Cosima Porteus en la Universidad de Exeter ha estudiado el comportamiento de las lubinas (Dicentrarchus labrax) en aguas con niveles de CO2 2.5 veces mayores que los actuales—el nivel que los expertos predicen para finales de siglo. También analizaron las respuestas nerviosas de los peces. Aunque se cree que el aumento del CO2 en los océanos solo disminuirá el pH del agua en 0.3-0.4 unidades, los efectos son claros: en un agua más ácida, la lubina tiene que estar un 42% más cerca de un objeto ‘oloroso’ para detectarlo (Nat. Clim. Change 2018, DOI: 10.1038/s41558-018-0224-8).

Los peces usan el olfato para encontrar comida, y también para detectar sus depredadores. Según Porteus, perder el sentido del olfato “podría afectar su supervivencia en un medio salvaje.”

Los peces en aguas más ácidas nadaban menos que los peces que estaban en aguas con los niveles actuales de CO2. También eran más propensos a ‘congelarse’—parar de nadar y quedarse quietos—un signo de ansiedad.

El equipo también midió los cambios en las señales que emitían y recibían las neuronas olfativas del pez—los nervios responsables del olfato. Expusieron los peces a 10 olores diferentes en un medio con el pH actual del océano y otro más ácido. Los olores incluían aminoácidos que señalan fuentes de comida, y ácidos biliares que señalan a un pez que hay un tiburón –o algún otro depredador– cercano. La magnitud de las señales de las neuronas fue más baja en seis de los 10 casos, y el límite de detección de los olores aumentó en cuatro de los 10 casos.

La secuenciación genética demostró que los genes responsables de mandar información olfativa al cerebro no se expresan tanto cuando los peces se exponen al CO2. Los genes que ralentizan el aprendizaje, en cambio, se expresaban más. Esto quizás puede significar que la evolución de los peces ante estos cambios de pH no sea favorable, pero el impacto evolutivo es difícil de predecir con sólo los datos de este estudio, aclara Porteus. Es algo que espera estudiar en el futuro.

Exponer a los peces a niveles tan altos de CO2 tan rápidamente es una situación poco natural, advierte Gabriele Gerlach, una experta en biología evolutiva en la Universidad Carl von Ossietzky de Oldenburg. Gerlach admira el trabajo, pero señala que otros estudios han demostrado que los efectos negativos de la acidez extrema disminuyen en la segunda generación de peces expuestos al CO2.

Aun consciente de las limitaciones de su experimento, Porteus sigue sorprendida por los resultados marcados de su equipo. “No esperábamos que un cambio tan pequeño en el pH del agua tendría un efecto tan grande en el olfato del pez,” explica. “Creemos que la capacidad de oler estos aromas es similar en casi todas, sino todas las especies de peces,” afirma. “Lo que hemos descubierto para las lubinas seguramente pueda extrapolarse al resto de especies de peces.”

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Traducción al español producida por Fernando Gomollón Bel de Divulgame.org para C&EN. La versión original (en inglés) del artículo está disponible aquí.

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