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Women In Science

La química brasileña Joana D’Arc Félix de Sousa nos cuenta su trayectoria: nacida en la pobreza, se convirtió en inventora y profesora en su ciudad natal

Criada por un curtidor y una criada, ahora defiende a los jóvenes más desfavorecidos

by Meghie Rodrigues, special to C&EN
March 10, 2019 | APPEARED IN VOLUME 97, ISSUE 10

 

Joana D’Arc Félix de Sousa cree firmemente en la ciencia como una herramienta que genera un impacto positivo en la sociedad. Criada por un curtidor y una empleada doméstica en Franca, en el interior de Brasil, progresó hasta doctorarse en química en la Universidad de Campinas.

Su nombre figura en varias patentes. Entre sus inventos se incluye un método para tratar la piel de cerdo eliminando grasa y proteínas, de manera que reduce las posibilidades de rechazo en trasplantes de piel a humanos.

En 2002, Félix de Sousa empezó trabajando de profesora en la Escuela Técnica ‘Profesor Carmelino Corrêa Júnior’ en su Franca natal, donde investigó, junto con sus estudiantes, como transformar los residuos del curtido de pieles en fertilizantes y un cemento para reconstrucción de huesos. Además, desarrolló un zapato dermatológico que libera enzimas anti-microbios para tratar las grietas en los pies causadas por la diabetes. Anima a sus estudiantes a trabajar en proyectos que solucionen problemas en su vida personal. El proyecto de los zapatos, por ejemplo, lo inspiró una estudiante que quería ayudar a su madre.

Una compañía farmacéutica brasileña quiere comercializar la tecnología para tratar la piel de cerdo, y otra se ha interesado por el fertilizante, ella dice.

C&EN ha hablado con Félix de Sousa sobre su trayectoria y el trabajo que hace ahora. La entrevista se ha editado para adecuar su longitud y claridad.

¿Por qué decidiste estudiar ciencia y, en especial, química?

Datos

Ciudad de origen: Franca, Brasil

Estudios: Licenciatura, Máster y Doctorado en la Universidad de Campinas, Brasil.

Trabajo actual: Profesora y jefa de investigación en la Escuela Técnica “Profesor Carmelino Corrêa Júnior.”

Logro más importante: “Soy muy feliz de poder transmitir un poquito de lo que sé a mis estudiantes. El conocimiento es lo único que nadie puede robarnos.”

Mis ganas de estudiar química aparecieron cuando era muy pequeña. Mi casa estaba dentro de una curtiduría, en la que mi padre trabajó durante más de 40 años. Su situación financiera era bastante lamentable, pero cuando se casó con mi madre su jefe le permitió vivir en una casa dentro de las instalaciones de la fábrica. Mis hermanos y yo nos criamos ahí. En Franca nos conocían como los “niños apestosos de las tenerías.” Nuestros amigos nunca venían a casa, porque para llegar hasta ahí había que pasar por los talleres, que olían fatal. Curtir pieles es una actividad extremadamente apestosa.

Pero en la curtidería veía a muchos químicos trabajando. Me llamaban la atención sus batas blancas y los tintes que usaban, y acabé enamorándome de la química.

Tuviste una infancia muy dura, pero nunca dejaste de formarte. ¿Qué te animaba a seguir estudiando?

De pequeña estudiaba en una escuela pública en el centro de la ciudad. Había muchos niños de familias pudientes en la misma escuela, pero las clases estaban separadas según los ingresos y la clase social de tus padres. En el A estaban los más ricos. Yo estudiaba en el último grupo, el F. Ya en el colegio empecé a comprender qué eran la exclusión social y el racismo. Mucha gente me decía que la gente como yo no puede triunfar en la vida. Me hacían ‘bullying’, y algunos días me daba tanta vergüenza que ni siquiera quería ir a clase.

Pero mis padres eran muy sabios y muy comprensivos. Eso me salvó. Mi padre era casi analfabeto, pero me insistía para que siguiera yendo al colegio. Me animaba a ser la mejor de la clase, a estudiar y a triunfar. Así podría demostrar a los matones que se equivocaban.

Con 14 años superé el examen de entrada de varias universidades: la de São Paulo, la de Campinas y la Universidad Federal de São Paulo. Mis profesores me dijeron que la mejor facultad de química del país estaba en Campinas, así que escogí matricularme ahí. La universidad pública en Brasil es gratis, pero la vida es muy cara. Me costó mucho subsistir el primer semestre, pero por suerte pronto obtuve una beca de investigación que cubrió mis gastos a partir del segundo semestre.

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Podrías haber ido a trabajar en cualquier universidad o centro de investigación de prestigio. ¿Por qué volviste a Franca?

Mi sueño era enseñar e investigar en una gran universidad. Pero mi madre se puso mala. Mi hermana –que tenía cuatro niños pequeños– y mi padre habían fallecido hacía poco. Decidí volver para ayudar a mi familia, y por casualidad vi que la escuela donde trabajo actualmente buscaba un profesor para un curso técnico sobre curtido.

La escuela está en las afueras porque también tiene cursos de agricultura. El barrio está dominado por mafias, grupos criminales, tráfico de drogas y prostitución. No es raro que los estudiantes acaben involucrados en esas actividades para llevar algo de dinero a casa. Cuando empecé, el fracaso escolar era altísimo y había una clara falta de disciplina. Era muy duro motivar a los alumnos.

Desarrollamos un proyecto de investigación para incentivar a los estudiantes, y creamos becas para los alumnos más desatendidos. Era una manera de tenerles ocupados y lejos del tráfico de drogas y la prostitución. Y funcionó. En 10 años tuve 40 estudiantes. Ocho encontraron trabajo como técnicos, y el resto decidieron estudiar química en la universidad. Cuando les das una oportunidad, hasta los peores estudiantes encuentran todo el talento escondido en su interior. Algunos acaban convirtiéndose en los primeros de la clase.

¿En qué proyectos trabajáis tú y tus estudiantes ahora mismo?

Estamos desarrollando un tejido ignífugo para que puedan usarlo los bomberos en sus uniformes. Es como el que utilizan los bomberos estadounidenses, pero más barato: así lo hacemos accesible para los bomberos brasileños. Lo fabricamos tratando piel de vaca con unos productos de desecho de la fabricación de poliespán para convertirlo en un tejido impermeable e ignífugo. La idea la tuvo un estudiante porque su tío, que era bombero, se había quemado toda la espalda trabajando.

También trabajamos en tejidos con propiedades antimicrobianas que podrían usarse tanto para fabricar uniformes para el personal sanitario como pijamas y sábanas para los pacientes. El objetivo es reducir las infecciones en los hospitales lo máximo posible. También estamos desarrollando una pintura con las mismas propiedades antimicrobianas para pintar las paredes de los hospitales y centros de salud. La idea, de nuevo, vino de un estudiante. Su tía murió de una infección que cogió en el hospital, en el que había sido ingresada por un problema de salud insignificante.

Meghie Rodrigues es una escritora freelance de Brasil.


Traducido al español por Fernando Gomollón Bel para C&EN. La versión original (en inglés) de este artículo está disponible aquí.


ACTUALIZACIÓN

Esta historia señaló originalmente que Félix de Sousa realizó una investigación postdoctoral en la Universidad de Harvard. La publicación brasileña de medios O Estado de S. Paulo posteriormente planteó preguntas sobre su afiliación a Harvard. Félix de Sousa ahora dice que analizó un proyecto con el profesor de química de Harvard, William Klemperer, y visitó su laboratorio, pero que no trabajó allí durante un período de tiempo prolongado. Klemperer murió en 2017. El Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico de Brasil le dijo a C&EN que financió a Félix de Sousa para que realizara una investigación postdoctoral en la Universidad de Campinas en Brasil. C&EN eliminó todas las referencias a Harvard de la historia el 21 de mayo de 2019. C&EN revisó la historia nuevamente el 3 de junio de 2019, para reducir el número de patentes que posee Félix de Sousa.

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